Triste muerte de un pasajero de LAN

El día 2 de julio de 2014, en el nuevo Aeropuerto Internacional el Dorado, específicamente en la puerta 22 de las salidas nacionales (donde yo estaba a punto de abordar el vuelo de LAN 3014), se cayó inesperadamente el señor Jairo Lombana, de aproximadamente 70 años de edad que al parecer estaba sufriendo de un infarto o un paro cardíaco. Al darme cuenta de lo que estaba sucediendo empecé a gritar desesperadamente para que un médico lo atendiera.

Ciertas personas se acercaron a ayudar mientras que los empleados de LAN contactaban una ambulancia. Pasaron 26 minutos antes de que llegaran tres paramédicos, pues, según un empleado de LAN debían pasar los filtros de seguridad.

Mientras tanto un médico pasajero ayudaba a Don Jairo y pedía un desfibrilador, los cuales deben estar en todos los aeropuertos y el cual no se encontraba por ninguna parte. Lastimosamente, según un amable empleado de LAN, después de 40 minutos se confirmó su muerte. Habiendo vivido esta experiencia de primera mano, quedo aterrada y decepcionada de este aeropuerto.

Es el colmo que este lugar, de “primera categoría”, no tuviera un desfibrilador cerca, además que sus empleados, tanto los de la aerolínea LAN como los empleados directos del aeropuerto, no supieran qué hacer en ese momento de crisis. Se les notaba la preocupación y el pánico. Transcurridos 26 minutos, llegaron finalmente llegaron los paramédicos con una silla de ruedas.

Pero, frente a la gravedad del asunto, ¿de qué le iba a servir a este señor una silla de ruedas? Quedo triste ante esta situación, pues, es el colmo que un aeropuerto que quiera estar a la altura de los aeropuertos más modernos del mundo no tenga desfibriladores a la mano los cuales cualquier persona puede utilizar para procurar salvarle la vida a otra persona.

Segundo, ¿por qué no hay una ambulancia o punto de atención médica en el aeropuerto que esté siempre preparada y alerta para cualquier situación? Ojalá a raíz de la muerte de Don Jairo puedan hacerse cambios responsables en lugares públicos como éste en toda Colombia. Cada colombiano debe asumir esta situación con seriedad y exigir que en Colombia se imponga las normas usadas en países del primer mundo que buscan prevenir muertes como estas. Sólo piensen, ¿que tal que Don Jairo hubiere sido su familiar?